No necesitamos tantas razones para hacer o decir lo que tenemos ganas.

lunes, 5 de enero de 2009

Sobrenombres.

Siempre que se forma un grupo de amigos aparecen los sobrenombres, o incluso puede ser al revés, aparecen sobrenombres y se va formando el grupo de amigos. Aclaro que por sobrenombres no me refiero a que si te llamas Francisco te van a decir Paco; Enrique, quique; etc, me refiero a sobrenombres reales, ganados, no heredados. Atados a una característica física o a una anécdota, o a un determinado comportamiento, o a un personaje con un nombre parecido, o a veces a un misterio tan grande que ni siquiera el propio bautizado sabe la verdadera razón de su apodo. Aunque sí están los clásicos, los que son casi predeterminados y que no pueden faltar en cualquier grupo de amigos, siempre va a haber un "gordo", un "cabeza", un "pelado", apodos que hoy nos parecen sosos, inmemorables y poco originales pero que en aquel pasado todos envidiamos.
A lo largo de mi vida, como casi todo el mundo, eh tenido un montón de grupos de amigos de diferentes lugares y hasta de ningún lugar, gente dispar con sus características particulares, muchos de ellos con sobrenombres. Con algunos utilizados de forma habitual, casi sin conocimiento del nombre legal y otras bautizados a sus espaldas y revelados ocasionalmente por errores o des inhibición.
Tener un sobrenombre es como tener una membresía, desde el más insultante hasta el más halagador significan lo mismo, el ser parte de algo. Serás admirado o burlado e indeseado en el grupo, pero sos parte de él.
Yo sin embargo, ni en mis épocas de tímido y apartado, ni en las de desinhibido y correspondido tuve nunca un apodo. Ni con el grupo de estudiosos, ni con el de vagos. Ni mis amigos del barrio, ni los de la escuela. Ni los callejeros, ni los familieros, nadie nunca me puso un apodo que no fuera desechable. Fui gordito, pero nunca me llamaron "gordo", o por lo menos no de forma habitual. Fui pelado, peludo, me comporté de determinadas formas, me parecí a cierto personaje -no voluntariamente-, di todo tipo de oportunidades y pretextos pero ese sobrenombre nunca llegó. La máxima expresión de confianza y pertenencia entre todos los amigos de mi vida nada más llegó a ser una simple abreviación de mi nombre, la que para peor, hastala fecha me parece extremadamente afeminada: "santi". No todos, pero la gran mayoría de los apodos que terminan en "i" suenan o infantiles o afeminados. Yo tuve la poca fortuna de que mi diminutivo no solo termina en "i" sino que es un delicado "ti", lo que le reafirma el tono homosexual. Probablemente otro acomplejo de mi infancia que no pasaré a futuras generaciones como bien aprendí de mis padres, quienes generosamente se rehusaron a llamarme Angel María, nombre que evidentemente hubiera sido bastante más angustiante. Ya sea para mascotas, hijos, plantas, tamagotchi o a lo que sea que le pueda generar un trauma futuro, eliminaré de antemano nombres como Andrés, Matías, Agustín, Daniel, Javier, Valentín y varios otros.
Sin embargo, un sobrenombre o apodo que no sea una abreviación núnca va a sonar afeminado, eh conocido "Pelusas", "Chirris", "Boquillas", "Pepinos", "Chupetes", hasta "Totas" y nadie se cuestiona si suenan "delicados" o no, la palabra pasa a tener otro sentido, ya no hace referencia a su significado real, hace referencia a una anécdota o a un cierto personaje, o a lo que sea la razón del apodo para luego, cuando ya se usó por largo tiempo, pasar automáticamente a recordar únicamente a la persona.
Y para culminar esta linea de razonamientos totalmente superfluos, lo peor de todo es que ya es tarde para mi, ya nunca voy a tener un sobrenombre real, podré tener alguno pasajero, pero no lo voy a poder portar suficiente tiempo como para sentirlo realmente mio, empezarlo a disfrutar. ¡Mierda!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Y Ddo?

Santi dijo...

Ese solo tu lo sabes, tampoco cuenta