No necesitamos tantas razones para hacer o decir lo que tenemos ganas.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La verdad de los Focus Groups


El focus group es una técnica de estudio de las opiniones o actitudes de un público muy utilizada en estudios comerciales. Consiste en la reunión de un grupo de personas, entre 6 y 12, con un moderador encargado de hacer preguntas y dirigir la discusión, de ahí su nombre “Grupo foco”.

En el mundo del marketing es utilizado para recibir retroalimentación de diversos temas. En particular se utiliza para detectar deseos y necesidades en cuanto a envasado, nombres de marcas, sabores; o también para testear “conceptos” de comunicación. Prácticamente, el focus group es responsable de definir la marca.

Dentro de este proceso hay una evidente verdad que, increíblemente, pocos han visto o pocos han querido ver al momento de enfrentarse con estos tan determinantes resultados. No me refiero al porcentaje de entrevistados, ya que es algo que todos tenemos muy en cuenta; me refiero a los entrevistados en sí mismos.

Me costaría mucho creer que la mayoría de los consumidores están dispuestos a sentarse dos horas a hablar con un montón de extraños acerca de si el sabor a banana refleja su actitud frente a la vida a cambio de una tostada y una coca cola o una insignificancia de dinero. Por más tentador que se escuche.

No es nada nuevo que la mayoría sea representada por una gran minoría, el problema está en quiénes son esa minoría. Son personas que, sin importar clase social, sexo o edad, tienen algo en común: están dispuestos a ir a un focus grup.

Probablemente sean los mismos que frenan en las entrevistas callejeras, o los que responden a encuestas telefónicas de 15 o 20 minutos, personas solitarias o desesperadas por pertenecer a algo, por ser escuchadas, personas con excesivo tiempo de ocio, o sea, personas raras.

Una persona normal prefiere ver una película en su casa antes que ir a un focus, prefiere quedarse leyendo un libro, cocinando, teniendo sexo, charlando con un amigo, mirando tele, viendo fotos familiares, tomando una cocoa caliente, organizando su colección de monedas, depilándose entre las cejas. Ir a un focus, en la escala de cómo gastar el tiempo libre de una persona normal, está muy, pero muy abajo.

Estos seres humanos completamente anormales definen la personalidad de marcas que le hablan, en su gran mayoría, a gente de lo más normal, la gente que nunca iría a un focus.

Este dato nadie lo toma en cuenta, un dato que todas las empresas de investigación de mercados ocultan: la cantidad de gente que no está dispuesta a integrar un focus. Dato que dejaría su investigación casi sin relevancia.

Para validar los resultados habría que compararlos con la cantidad de gente que no quiere participar de ella, solo de esta forma sabríamos un poco más acertadamente qué tanta relevancia merecen.

Una vez analizada la relevancia del aporte de estas tan peculiares criaturas, deberíamos ponernos a pensar que tanto vale la pena la investigación. ¿Es tan certero el resultado?

¿Realmente prefiero la opinión de unas personas sin ningún tipo de criterio, que representan una tan pequeña parte de la gente a quien le voy a comunicar antes que a profesionales académicamente preparados con años de experiencia, que estudiaron al target, lo analizaron, que conocen el mercado, que descartaron muchas opciones por problemas casi irrelevantes, que lo pensaron durante días, semanas y meses? ¿Si voy a la guerra, voy con 15 campesinos hambrientos o con 5 soldados bien armados?

domingo, 4 de octubre de 2009

La reivindicación de los hombres.

Antes de apuntar con el dedo me gustaría hacer una aclaración técnica que evitará confusiones y comentarios fuera de lugar: cuando hago referencia a la "tapa" del inodoro, como la mayoría de las personas estoy haciendo alusión al asiento, o sea, la pieza plástica muchas veces en forma de herradura que precede a la verdadera y bien nombrada tapa, la cual obviamente no suele ser orinada exceptuando escasas oportunidades donde el alcohol es quien fija la dirección del desperdicio.
Tanto en la ficción de las pantallas como en la vida real los hombres siempre fuimos tildados de descuidados por no volver a bajar la tapa luego de haber hecho nuestras necesidades. A mi como buen feminista siempre me molestó ese tema, nunca entendí por que los hombres teníamos que bajar la tapa en lugar de las mujeres subirla. De todas formas, durante lo que va de mi vida nunca nadie me lo ha exigido directamente, por lo tanto nunca tuve la oportunidad de exponer el discurso que hasta este día tenía preparado.
Hoy mis exigencias son otras. Ya no me conformo con a veces subir la tapa y a veces bajarla, hoy se algo que antes no sabía.
Lo que voy a revelar no es una metáfora acerca de la igualdad de sexos, ni un pie para abordar apasionantes temas como el feminismo o el machismo, simplemente es una manifestación por escrito de una muy simple observación de la realidad: Las mujeres mean la tapa.
En la agencia, justo después de la hora del almuerzo se hace imposible utilizar el baño de hombres. No se por qué a mis compañeros laborales les encanta pasar el tiempo en el baño, he llegado a esperar en la puerta alrededor de media hora sin que nadie salga y tener que desistir. Aunque lo peor no es esperar esa media hora, sino entrar después.
Ahí estaba yo, luego de haberme tomado un litro de agua para controlar la ansiedad producida por la falta de nicotina, a las 14:45 de la tarde, esperando para hacer uso del baño.
Al completarse los primeros dos minutos hice un pequeño recorrido por la agencia con la intención de realizar un recuento del personal ausente para deducir la identidad del ocupante y de esta forma, en un intento desesperado, poder calcular la espera midiendo el tiempo proporcional al tamaño del sujeto. Pero fue en vano, había muchos que no estaban en su lugar.
Esperé otros dos minutos, de los cuales solo pude estar sentado diez segundos, e insistí golpeando la puerta. Al ver que no recibía respuesta proseguí por buscar otra solución, una solución que, casualmente, me despertaría de un sueño ingenuo.
Entré al baño de damas totalmente desesperado, pensando que mi estancia en dicho recinto sería muy breve.
La tapa se encontraba baja y me dispuse a levantarla, así como mi madre me enseñó que tenía que hacer cada vez que quería usar el baño para orinar. Tomé dicha tapa por el frente colocando el pulgar encima y afirmando el resto de mis dedos debajo. En ese momento descubrí que las mujeres orinan la tapa por abajo, un detalle que quizás a ellas no les moleste por que no tienen la necesidad de enfrentarse a la parte de abajo de la tapa, pero que a nosotros los hombres son ellas mismas quienes nos fuerzan a dicho encuentro al solicitarnos que la tapa se mantenga baja. A partir de hoy tengo un nuevo discurso para lucir. Y la tapa del inodoro, sí o sí, se mantiene alta.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Las bolas.

Dicen que la natación es el deporte más completo, a mi nunca me importó demasiado, no era por eso que la practicaba. Empecé -y terminé- a ir a clases antes de siquiera tener memoria. Nadaba bien, dicen.
En las vacaciones de la primaria mis padres me mandaban con sus ascendientes a Solis, un tranquilo balneario en Maldonado donde ellos tienen una casa.
Mi abuelo, desde muy pequeño, me llevaba a nadar donde todos los niños con mucho respeto llamábamos "lo hondo". Y aunque ni hoy lo admitan, era silenciosamente admirado por eso. Es el único deporte en el que alguna vez fui relativamente bueno -sí, jugué al fútbol, pero sinceramente nunca fui muy diestro, basta con decir que hace apenas unos años descubrí que jugaba tan bien con la derecha como con la izquierda-.
Abandoné esa afición poco antes de terminar mi niñez para retomarla sobre el final de mi adolescencia. Volví a practicar dicho deporte a los 17 años. Con dos primos (Edu y Fede) y mi hermano nos anotamos para hacer pesas y natación. Era una experiencia totalmente nueva para mi, por más que había ido a un club siendo niño no tengo recuerdo alguno.
El primer día, luego de hacer pesas, fuimos todos juntos al vestuario para ponernos el traje de baño y entrar a la piscina. Por más que nos conocíamos de toda la vida no era un momento muy cómodo para ninguno de nosotros. Buscamos casilleros más o menos separados, pero no tanto como para que se note nuestra incomodidad. Guardé todo y me quedé solo con la toalla y el short que tenía que usar. Sin pensarlo demasiado e interpretando a una persona segura y despreocupada me bajé los pantalones junto con los calzones lo más rápido que el personaje me lo permitía y me puse igual de rápido el short.
Luego de pasar ese delicado momento y hacer bromas al respecto comenzamos a analizar el ambiente y los personajes que convivían con nosotros en esa atmósfera. La mayoría eran jóvenes, posibles compañeros de natación, que se sentían bastante cómodos con su desnudez, acostumbrados al ambiente.
De repente escuché una risa muy fuerte que se ahogó antes de transcurrir un segundo, seguida de risas estomacales difícilmente contenidas. Federico y Marcelo habían descubierto a quien iba a ser el personaje de ese vestuario en toda la temporada.
Un hombre de alrededor de unos setenta años de edad, totalmente desnudo, tan cómodo con su desnudez que hacía ver al resto como monjas. Se mostraba tan impasible que incomodaba, era mucho más que comodidad para él. Se notaba que al estar rodeado de hombres jóvenes desnudos ese viejito estaba en su salsa, como el león mayor en su manada.
No importaba el horario, el estado del clima, si era día laborable o feriado, el viejito siempre estaba desnudo en el vestuario o las duchas.
Era tan flaco que se le notaban las costillas y le sobraba piel como para hacer un abrigo. Ya no tenía pelo en la cabeza, pero le sobraba en el resto del cuerpo, excepto en sus genitales, que creo que se los afeitaba. Tenía los huevos más grandes que vi en mi vida, eran dos pelotas de tenis que le colgaban como si fuera toro, parecía que tenía cuatro rodillas, rodillas grandes y arrugadas.
Los primeros días Inspiraba un poco de miedo, daba la impresión de ser un enfermo sexual. Pero luego te ibas acostumbrando. Nunca hablaba con nadie, solo estaba ahí, como un adorno más de un escenario ya suficientemente morboso.
Hasta el día de hoy tengo la intriga de qué hacía ese viejo ¿sería un enfermo sexual? ¿un homosexual reprimido?¿un nudista retirado? 0 quizás era un pobre viejo al que le habían crecido mucho las bolas y ya no podía usar pantalones, lo que lo condenaba a una vida dentro de un vestíbulo para hombres, una tortura para él, pero necesaria. Probablemente con sus años de experiencia interpretaba esa persona segura y despreocupada mucho mejor que yo, mucho mejor que cualquiera de los jóvenes que estaban ahí, ocultando su sufrimiento detrás de una careta algo retorcida que había desarrollado para que nadie se le acercara. O quizás era un enfermo.

lunes, 23 de febrero de 2009

Cobardía.

Hace un tiempo, más específicamente hace casi seis meses, vino mi madre a visitarme a Guatemala con el propósito de participar en mi casamiento. Hizo un viaje de alrededor de quince mil kilómetros sola, lo menos que podíamos hacer con Kari era sacarla a pasear a conocer el tan lindo e interesante país en el que resido. La verdad me gustaría haberla llevado a muchos más lugares, como me pasa con cada persona que viene de visita. Me gusta que conozcan mi nuevo mundo, mi nueva realidad. Paisajes, personas, lugares y elementos completamente distintos a los que conocí durante toda mi vida, completamente distintos a los que los visitantes están acostumbrados.
Como a mi vieja le gusta la playa uno de los destinos obligatorios era Monterrico, un pueblo en la costa del Pacífico: Arena negra, agua verde, mariscos, mucho calor y hoteles en la orilla del océano.
Nos alquilamos un búngalo con cocina, baño y dos habitaciones. Nunca hay mucho para hacer así que prácticamente que pasamos todo el tiempo en la playa y el hotel.
Una noche, luego de cenar, escuchamos que un hombre -el que supongo era alguien del hotel- llamaba a otra persona a la playa. Nunca entendimos muy bien para que era pero como vimos dos o tres personas siguiéndolo hicimos lo mismo. La noche era extremadamente oscura, casi sin luna ni estrellas, y en la playa la arena de color negro dificultaba aún más la visión. Apenas a unos metros del hotel, en una cancha de voleibol playa, había una tortuga gigante enterrando sus huevos. Con sus patas traseras estaba empujando arena dentro de un hoyo tan profundo que parecía imposible que hubiera sido construido por semejante animal, seguramente un trabajo de muchas horas. Éramos un grupo de seis personas, cinco de ellas muy asombradas, contemplando un evento natural que no muchos ojos tienen la dicha de presenciar.
De repente, mimetizados con la noche, aparecieron dos niños de menos de 8 años agachados detrás de la tortuga. Comenzaron a excavar retirando toda la arena que la tortuga, con mucha paciencia y esfuerzo, había logrado derramar sobre los huevos. De uno en uno fueron arrebatándole sus futuras crías a la tortuga mientras ella, con sus aletas traseras ya cansadas, hacía un último exasperado esfuerzo por evitar la catástrofe.
Estábamos los tres ahí, paralizados ante semejante demostración de crueldad sin saber como reaccionar, sin saber si reaccionar. Permisivamente inmovilizados.
Mamá apenas expresó palabras en el resto de la noche. Kari y yo tratábamos de convencernos de que toda reacción hubiera sido en vano, excusando nuestra insensata cobardía.

martes, 27 de enero de 2009

Vivir de ideas.

Cuando uno habla de alguien que vive de ideas las primeras profesiones que se vienen a la mente son un montón de ocupaciones artísticas que talentosos y torpes anhelan (escritores, músicos, pintores, escultores, directores de cine, etc.). Profesiones "riesgosas", por así llamarlas. Actividades que pueden llevar a alguien a la cima o anclarlo en lo profundo -siendo muy escasos los puntos medios-. No dependiendo solo de la capacidad de cada uno, más bien que en mayor porcentaje de la suerte.
Vivimos en una sociedad basada en los bienes capitales, esto multiplica enormemente ese riesgo: uno necesita dinero para poder sobrevivir y con la supervivencia, a cierta edad, no cualquiera juega. Es esta, entre otras razones, por lo que muchos, talentosos y torpes, no se lanzan por aquello que tanto anhelan, por miedo. Miedo de no triunfar y despertar de un sueño profundo a una realidad triste y apática.
Algunos cobardes, talentosos y torpes, en algún momento de la historia de la humanidad encontraron una forma de mediar entre este riesgo y la expresión artística, desarrollando ideas con un fin conveniente, creando piezas que tienen primordialmente una utilidad, pero encubriendo un temeroso destello de expresión (carpinteros, programadores, jardineros, herreros, publicistas, etc.).
Por lo tanto, siendo el arte la mayor forma de expresión, totalmente inútil en cualquier otro aspecto, y situando a estos oficios en ese término medio, lo más acertado - sería definirlos como mediocres.
Se necesita valor para despertar de un sueño profundo y afrontar una triste y apática realidad. Se necesita coraje para manifestar el miedo e intentar salir adelante. Se necesita esfuerzo para lograr sobresalir en el universo elegido por la mayoría. Se necesita arriesgarse para resaltar en el universo “seguro”.
Entender que hay ideas que no dejan nada a la historia, ideas que no hicieron famoso a nadie ni lo van a hacer, ideas que no son una forma de expresión personal, que no son ambiciosas, que en cierta forma son mediocres; es entender la importancia real de estas y el sacrificio que requieren.
No cualquiera puede crear ideas útiles, ideas con un fin específico, que embellezcan, entretengan, conmuevan y sobretodo vendan.
Los conozco talentosos y torpes, pero todos ellos se levantan a diario con la presión de crear sin descanso, sin tener las libertades ni tomarse el tiempo que los artistas requieren, sin tener la dicha de decir lo que sienten y a la vez tener que hablar continuamente.
Más que talentosos o torpes se los necesita voluntariosos. Preparados para realmente vivir de ideas.

viernes, 23 de enero de 2009

¿De donde sos?

La principal característica que manifiesta la nacionalidad de una persona es el lenguaje. Podrá tener ojos claros y ser rubia, o tez amarillenta y ojos aplastados, pero éstas solo nos dan un indicio, una pequeña pista. Sin embargo, el lenguaje es ampliamente más especifico si realmente sabemos leerlo.
Lo que pasa cuando ya no vivís en tu país de nacimiento por un largo período es que empezás a variar tu forma de hablar. Comenzás a perder tu identidad vocal, progresivamente te vas desprendiendo más de tu origen, como si una parte de ti se fuera borrando de a poco. Al principio es preocupante y suele generar cierta resistencia que a la larga es inútil, ya que el lenguaje tiene una sola función: comunicarse, para lo cual es más que fundamental que los demás te entiendan. Esta resistencia es probablemente fomentada por el hecho de no estar preparado para abandonar tu origen, es muy dificil dejar de ser parte de algo que -más allá de que te guste o no- fuiste toda tu vida.
Con el tiempo te das cuenta que no solo perdiste el habla, sino que de a poco también perdés costumbres y desconocés cosas que antes eran cotidianas; la tierra natal ya no se siente tan propia. Te das cuenta que la forma de hablar es solo una parte, una muy relevante, pero solo una. En ese momento comienza a disminuir su importancia.
Siempre que algo se resta otra se suma. En el caso del lenguaje hasta podría decir que se enriquece, se desacostumbra pero no se olvida. Uno reemplaza palabras con otras -correctas o incorrectas según la real academia española- que sirven para comunicarse.
Perder por completo mi lenguaje de origen no implicará reemplazarlo por el del lugar donde me encuentre, eso realmente no pasa, significará que siempre voy a ser extranjero sin importar donde esté, que a la larga ya no seré de ningún lado. Eso está bueno.

lunes, 5 de enero de 2009

Sobrenombres.

Siempre que se forma un grupo de amigos aparecen los sobrenombres, o incluso puede ser al revés, aparecen sobrenombres y se va formando el grupo de amigos. Aclaro que por sobrenombres no me refiero a que si te llamas Francisco te van a decir Paco; Enrique, quique; etc, me refiero a sobrenombres reales, ganados, no heredados. Atados a una característica física o a una anécdota, o a un determinado comportamiento, o a un personaje con un nombre parecido, o a veces a un misterio tan grande que ni siquiera el propio bautizado sabe la verdadera razón de su apodo. Aunque sí están los clásicos, los que son casi predeterminados y que no pueden faltar en cualquier grupo de amigos, siempre va a haber un "gordo", un "cabeza", un "pelado", apodos que hoy nos parecen sosos, inmemorables y poco originales pero que en aquel pasado todos envidiamos.
A lo largo de mi vida, como casi todo el mundo, eh tenido un montón de grupos de amigos de diferentes lugares y hasta de ningún lugar, gente dispar con sus características particulares, muchos de ellos con sobrenombres. Con algunos utilizados de forma habitual, casi sin conocimiento del nombre legal y otras bautizados a sus espaldas y revelados ocasionalmente por errores o des inhibición.
Tener un sobrenombre es como tener una membresía, desde el más insultante hasta el más halagador significan lo mismo, el ser parte de algo. Serás admirado o burlado e indeseado en el grupo, pero sos parte de él.
Yo sin embargo, ni en mis épocas de tímido y apartado, ni en las de desinhibido y correspondido tuve nunca un apodo. Ni con el grupo de estudiosos, ni con el de vagos. Ni mis amigos del barrio, ni los de la escuela. Ni los callejeros, ni los familieros, nadie nunca me puso un apodo que no fuera desechable. Fui gordito, pero nunca me llamaron "gordo", o por lo menos no de forma habitual. Fui pelado, peludo, me comporté de determinadas formas, me parecí a cierto personaje -no voluntariamente-, di todo tipo de oportunidades y pretextos pero ese sobrenombre nunca llegó. La máxima expresión de confianza y pertenencia entre todos los amigos de mi vida nada más llegó a ser una simple abreviación de mi nombre, la que para peor, hastala fecha me parece extremadamente afeminada: "santi". No todos, pero la gran mayoría de los apodos que terminan en "i" suenan o infantiles o afeminados. Yo tuve la poca fortuna de que mi diminutivo no solo termina en "i" sino que es un delicado "ti", lo que le reafirma el tono homosexual. Probablemente otro acomplejo de mi infancia que no pasaré a futuras generaciones como bien aprendí de mis padres, quienes generosamente se rehusaron a llamarme Angel María, nombre que evidentemente hubiera sido bastante más angustiante. Ya sea para mascotas, hijos, plantas, tamagotchi o a lo que sea que le pueda generar un trauma futuro, eliminaré de antemano nombres como Andrés, Matías, Agustín, Daniel, Javier, Valentín y varios otros.
Sin embargo, un sobrenombre o apodo que no sea una abreviación núnca va a sonar afeminado, eh conocido "Pelusas", "Chirris", "Boquillas", "Pepinos", "Chupetes", hasta "Totas" y nadie se cuestiona si suenan "delicados" o no, la palabra pasa a tener otro sentido, ya no hace referencia a su significado real, hace referencia a una anécdota o a un cierto personaje, o a lo que sea la razón del apodo para luego, cuando ya se usó por largo tiempo, pasar automáticamente a recordar únicamente a la persona.
Y para culminar esta linea de razonamientos totalmente superfluos, lo peor de todo es que ya es tarde para mi, ya nunca voy a tener un sobrenombre real, podré tener alguno pasajero, pero no lo voy a poder portar suficiente tiempo como para sentirlo realmente mio, empezarlo a disfrutar. ¡Mierda!

Hoy tenía ganas de borrar.

Comenzando un año uno se pone a replantearse como quiere hacer las cosas, ésta no fue la excepción. Me puse a ver los post que tenía, los que me gustaban, los que me parecía que aportaban y los que no -aunque fueran interesantes, uno las puede encontrar en otro lugar-. Todos decían algo de mí, pero no se cuando este blog se transformó en "de mí" cuando la idea original fue "desde mi", entonces empecé a borrar. Me cantó el culo borrar y borré. Y cuando me cante el culo voy a escribir.